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viernes, 9 de octubre de 2009

En La Jornada

Viernes 9 de octubre de 2009

Salón Palacio

Carlos Martínez Rentería

*Gustavo Aceves: pintor profano convocado por el Vaticano

*Encuentro librero en el Zócalo

*Criminal recorte

Casualmente me encontré con Gustavo Aceves la madrugada del 17 de agosto; celebraba su cumpleaños con chelas y tacos al pastor, justo debajo del hotel donde se madrearon al nefasto Fabiruchis. Lo recuerdo, pues ese día mi hijo Emiliano cumplió 17, y por si fuera poca coincidencia, el sabio etnólogo Sergio Raúl Arroyo me había invitado a cenar horas antes a conmemorar, ese mismo lunes, el día de su nacimiento. A partir de ese encuentro he visto a Gustavo varias veces (vive desde hace casi dos meses en un hotel de la Roma, pues su ciudad de residencia es París), casi siempre de noche y en nuestros bares preferidos, como el Covadonga y el Tarragona. Hemos hablado de mujeres, de amores y desamores; me contó que en sus años más desmadrosos vivió en un departamento en la colonia Roma, el mismo donde William Burroughs le hizo de Guillermo Tell y mató a su mujer de una bala perdida en la cabeza, según asegura. Compartía la renta con el poeta Ricardo Castillo; podrán imaginarse que cada noche desfilaba una fauna etilizada, entre quienes se encontraban intelectuales de renombre hasta los descabellados Infrarrealistas (cuenta Gustavo que uno de estos poetas malditos decidió cagarse justo en su recámara, quizá como fallido acto poético). Pero todo esto no tiene nada que ver con la noticia de esta entrega.

Resulta que en 2008 Gustavo Aceves participó en la Bienal de Pekín con el tríptico Bambú, en el cual reproduce la Declaración de los Derechos del Hombre en caligrafía china. Pues esta pieza había sido merecedora del primer premio, pero las autoridades de ese país consideraron que la obra era agresiva contra el gobierno chino, por lo que le negaron el premio y lo interrogaron durante tres días. Este hecho de intolerancia le valió ser invitado a participar en la próxima Bienal de Venecia en 2011. Aceves será el único mexicano convocado junto con Julian Schnabel, Sandro Chia, Anish Fapoor y Anselm Kiefer, todos, artistas de trayectorias internacionales, tendrán audiencia con el Papa en noviembre próximo, por invitación del Estado Vaticano.

Mientras tanto, durante esta semana se exhibirá de manera privada, en la galería Tráfico de arte, de la intrépida Lucía Muñoz, la exposición Sonata para un buen hombre, la cual reúne una veintena de variantes virtuosas y alucinadas de cristos crucificados. Lo que se recaude de la venta de esta producción, que se realizó en los pasados 20 días, cubrirá los gastos de Gustavo Aceves durante su estancia italiana, en la cual realizará una monumental propuesta urbana para la Bienal de Venecia. Una pregunta del crítico Jorge Juanes queda en el aire para advertir la esencia de Aceves y su próxima aventura vaticana: ¿Cómo encarnar pictórica y simultáneamente lo sagrado y lo profano? Lo único que nos queda claro es que Aceves es un profano y eso es suficiente para seguir siendo amigos sin prejuzgar su reto en Venecia.

Feria del Libro del Zócalo

Este viernes comienza la novena edición de la Feria del Libro del Zócalo, cuyo tema central se sintetiza en una compleja pregunta: ¿Qué pasa en América Latina?; son muchas las posibles respuestas, lo que es una certeza es que esta feria se mantiene viva a pesar de los descabellados recortes a la cultura. Una vez más habrá un espacio para publicaciones alternativas, y eso hay que celebrarlo.

Criminal, el recorte a cultura

Muy alto será el costo político que pagarán nuestros gobiernos federal y capitalino por los insensibles recortes que han hecho al sector cultural, olvidando el valor que éste tiene para la identidad nacional y el equilibrio social, pero sobre todo como instrumento fundamental de resistencia las crisis económica y política que vivimos. Es un hecho que la inversión cultural es mucho más necesaria y redituable que los cientos de millones desperdiciados en ese barril sin fondo que significa la guerra contra el crimen organizado, por ejemplo. Lo que ocurrió con la compañía Ballet Teatro del Espacio es una muestra de lo que ocurrirá con infinidad de proyectos alternativos, cuya principal fuente de ingresos han sido las instancias culturales gubernamentales, no por su incapacidad de autofinanciamiento, sino porque simplemente son, por naturaleza propuestas (y ese es su sentido), no comerciales.

Tarragona y La Palabreta

Varios son los bares y espacios alternativos que de manera casi heroica han abierto sus puertas a múltiples manifestaciones artísticas, como el bar Tarragona (Álvaro Obregón y Tonalá), donde recientemente se montó una colectiva de grabado con la participación de tres jóvenes artistas oaxaqueños: Soid Pastrana, Demián Flores y Guillermo Olguín… Además, en la única librería de poesía La Palabreta (Córdoba y Álvaro Obregón) se exhiben fotos recientes del artista de origen venezolano Yuri Valecillo… Por cierto que en el Café 22 de la cada día más fresa colonia Condesa, censuraron una expo del atrevido dibujante Eko.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

En La Jornada

Usted está aquí: miércoles 5 de noviembre de 2008 Opinión Salón Palacio

Salón Palacio

Carlos Martínez Rentería
de_generacion3@hotmail.com

■ Llegará Paul Auster a Oaxaca este jueves

Con la presencia del “más imaginativo y menos predecible” escritor estadunidense contemporáneo, el siempre sorprendente autor neoyorquino Paul Auster, arranca este jueves 6 de noviembre la 28 Feria Internacional del Libro de Oaxaca, que en esta ocasión reunirá a más 60 escritores.

Como ya es costumbre desde que Guillermo Quijas tomó las riendas de esta feria, cada año se superan las expectativas y se logra convocar a los más significativos autores nacionales y la presencia internacional resulta también muy sugerente. En esta ocasión se han anotado un 10 con la presencia de Auster (autor que en México cuenta ya con nutridas hordas de fans), quien viene acompañado de los también narradores estadunidenses Siri Hustvedt y Francisco Goldman, quienes presentarán en nuestro país el Premio Internacional de Literatura Aura Estrada. El galardón lleva el nombre de una joven escritora fallecida hace poco más de un año, y en cuya memoria su esposo, Francisco Goldman, realizó una ardua labor para reunir un monto muy considerable que recibirá la ganadora de este certamen exclusivo para jóvenes escritoras.

La generación beat

Sería engorroso mencionar aquí a todos los autores confirmados para participar en esta feria, que comienza mañana y concluye el 21 de noviembre, dentro de la cual se han programado presentaciones de libros, mesas redondas, talleres, visitas escolares, proyecciones de cine, exposiciones y conciertos. Lo que podemos hacer es destacar el par de mesas, que hemos coordinado para advertir la presencia de la generación beat en México y sus aportaciones, más allá de prejuicios o apologías. Serán dos mesas los días 10 y 13 de noviembre a las 19 horas, en el Jardín El Pañuelito, con la participación de los poetas Neeli Cherkovski y AD Winans, de San Francisco, California, y de los mexicanos José Vicente Anaya y Eusebio Ruvalcaba.

Aniversario 20 de la revista Generación

Contra todos los pronósticos la revista Generación cumplirá este sábado 8 de noviembre la friolera de 20 años ininterrumpidos de equivocaciones y alguno que otro golazo. La primera fiesta de celebración será justamente en el contexto de la Feria del Libro de Oaxaca, el viernes 14 de noviembre. Posteriormente, el 19, nos reuniremos en el bar Tarragona (Álvaro Obregón y Tonalá), a las 20 horas. Pero habrá varias fiestas más, de las que les iremos informando.

Vuelve el periodismo de morbo y frivolidad

La semana pasada se presentó en el Museo de la Policía la versión obituaria de aquel fanzín surgido en 1993 y cuya corta existencia de cuatro números no fue impedimento para mantenerse muy vivo en la memoria del underground mexicano. Se trata de A Sangre Fría, que fundaron los escritores Mauricio Bares y JM Servín, junto con otros cómplices como Delia M, Víctor Rivera y Naomi Simmons, así como las colaboraciones infaltables de Guillermo Fadanelli y Rogelio Villarreal. Esta sucia y divertida revista, cuyo eslogan es “Periodismo de fondo y frivolidad”, pretendió de manera intuitiva, anota JM Servín en su texto de presentación, “llevar la violencia de los delincuentes al plano de las ideas”, parafraseando a los situacionistas. Pero nada mejor para comprender el espíritu de este fanzín, que ahora podrá conseguirse en su versión facsimilar en todas las librerías.

Algunos postulados de su editorial son: “La única certeza es la especulación. Nuestra morbosidad es tan válida como la curiosidad científica. Lo escatológico no es recurso, es un fin en sí mismo. La muerte sólo es poesía para quien no ha visto un cadáver”. Los presentadores de esta redición son José Ramón Carmabella y Miguel Ángel Rodríguez, director de la revista El Nuevo Alarma. Suerte para A Sangre Fría.

Concluyó el cuarto Encuentro de la Palabra

Muy atareados estuvieron el escritor Leonardo Da Jandra y su mujer, la pintora Agar, en la coordinación de medio centenar de escritores que participaron en el cuarto Encuentro de la Palabra, efectuado la semana pasada en el bello Palacio de la Autonomía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en el cual se habló de novela, poesía, crítica, periodismo cultural y ensayo, y se compartió el pan y el vino en generosas comidas celebradas a lo largo de cuatro días. Por ahí estuvieron el cubano Roberto Fernández Retamar, Christopher Domínguez, Rafael Pérez Gay, Francisco Hinojosa, JM Servín, Lorenzo León (quien por cierto nos obsequió su nueva novela Fragmento: diario de un adicto al sexo), Jorge Esquinca, Pablo Raphael, Heriberto Yépez y Julián Herbert, entre otros. La responsable de que este tipo de provocaciones literarias se realicen es la promotora cultural María Luisa Armendáriz.

domingo, 17 de agosto de 2008

En Reforma

Noches de amor y odio

Por Mauricio Bares
(17-Ago-2008).-

Supón que acabas de despertar de un letargo y que te piden escribir sobre el Patrick Miller, el legendario lugar para bailar... Bueno, así me sentí. Recordaba el nombre entre nebulosas, lo mismo que un fallido intento por asistir años atrás: un "operativo", bailarines asiduos vistiendo bombachos plateados, camisetas ajustadas y sin mangas, con peinados de puercoespín, haciendo calistenia en Filomeno Mata frente al Club de Periodistas, vieja sede del Patrick Miller.

Ahora poca gente sabía de su ubicación. Otros la sabían, pero no atinaban a recordar la dirección exacta: un "está en la Roma" podía ser de mucha ayuda, o de ninguna. El misterio se ahondaba con precauciones: "Creo que sólo abre los viernes... o los sábados". "Hay que llegar temprano porque se atasca". "Cuidado, puede ser peligroso". Recordé que Daniel Espartaco antes que escritor es un underdog, así que le llamé y listo: su amiga Patricia era asidua al Patrick. Y tras varios obstáculos absurdos (celulares olvidados, sin batería, sin crédito), logré llegar a Mérida 17, a media cuadra de Avenida Chapultepec.

Más misterio. Pasaban de las 21:30, hora de apertura, y no había nada. Ni antro, ni asistentes ni nada. Sólo yo en la sola acera. Por fin logré comunicarme con Daniel y me sugirió alcanzarlos en el Tarragona para tomar unas cervezas porque aún no era la mejor hora para llegar.

Amor

El Patrick Miller no es un antro, quizá un concepto. Por eso no existe un letrero que lo anuncie, sólo un largo portón negro que no le dice nada a nadie. Tras él hay un garage que hace de antesala y taquilla -donde se pagan los 30 pesos para entrar- y que amortigua el sonido hasta hacerlo apenas audible desde la calle. Luego sigue un pequeño túnel con paredes grafiteadas y la infaltable luz negra, elegido para un cateo que es mucho más riguroso para los bolsos femeninos y donde se impide el paso de cámaras fotográficas. Hasta que finalmente se accede a un enorme galerón oscuro.

Cuando entramos, había comenzado el ambiente. Bailando de inmediato, Pato me explicó que había diferentes tipos de eventos para cada viernes: uno de High Energy, especialidad de la casa, característico ahora por sus chirriantes agudos, sus bajos retumbantes y sus melodías pegajosas; otro de Oldies but Goodies; y uno más con estrellas internacionales del género, del que Divine, el enorme travesti que protagonizó películas de John Waters, ha sido el máximo exponente. Nosotros estábamos en el segundo, un recorrido histórico que entre otros incluía a Sylvester, Dan Hartman y Kano -con su inmejorable It's a War- en los 70. De pronto, me encontré repasando mi propia vida, o cuando menos mis experiencias con la radio. Y, sin darnos cuenta, nuestros pies comenzaron a moverse solos. Recordé que alguien escribió que el hombre común sólo quiere llegar a casa para relajarse con algo que lo divierta un poco, pero de verdad. Pensé que a la gente común no le interesa la filosofía, para eso están los filósofos. Después de emplearse toda la semana, quieren bailar hasta el trance. Entendí que no era nadie para contradecirlos. Así que bailando pasamos por los 80, por lo meramente divertido del Acid House (Kon Kan, Edelweiss, pero nada de Phuture o Maurice), algo de los inicios del Hip-Hop más digerible (Salt-N-Pepa, Tone Loc), hasta Yazoo y Erasure.

A nuestro alrededor la concurrencia exhibía sus talentos. A excepción de Fernanda, una flaquita que lucía una aparatosa peluca a la afro en impecable color blanco y con quien me tomé una foto, admito que me esperaba más glamour en las vestimentas; pero eso se compensó no sólo con la destreza de todos para bailar sino con su gusto por hacerlo, por estar allí. Y es que la gente se veía realmente contenta. Además, aunque todos eran de extracción popular, procedían de distintas ocupaciones: estudiantes, taxistas, oficinistas. Y, sobre todo, no guardaban uniformidad en las edades , así que en la pista bien podían encontrarse madres e hijas sin proponérselo.

Aunque esta variedad podía provenir en parte de una influencia derivada de los raves, resultaba más notorio el ambiente de fiestas callejeras organizadas por sonideros, porque finalmente el lugar está hermanado con ellas desde su origen. Patrick Miller fue un sonido como PolyMarch, que desde inicios de los 80 armaba fiestas en calles, frontones, gimnasios y que se promovía mediante volantes en las escuelas, con carteles y pintas en bardas de baldíos. Por eso no es un antro, por eso no abre todos los días, ni tiene un letrero en la calle. Siguen siendo fiestas, aunque ahora las difundan mediante su página de Internet. Y la gente viene a bailar. Para el momento en que llegamos a los éxitos más recientes como People Are Still Having Sex, You Gotta Lick it o It's my Life, los griteríos no se hacían esperar, las miradas se hallaban encendidas y el lugar entero exudaba sexualidad, algo de esa promiscuidad expansiva que encumbró a Amanda Lear, a Grace Jones, y que abarcaba por igual a hombres, mujeres y puntos intermedios. En el galerón oscuro no podían faltar las pantallas de foquitos ni las esferas de espejos. Los más militantes bailaban frente a las poderosas bocinas desestimando el riesgo de que los poderosos bajos les descompusieran el ritmo cardiaco, y celebraban las transiciones de una canción a otra sin importar que fueran afortunadas o no. En las noches de High Energy se forman círculos donde sólo los especialistas tienen derecho a pasar para deslumbrar con sus pasos, con sus brillantes atuendos, con sus peinados de puercoespín, y donde los intrusos son rechazados con aspereza. El Patrick Miller me hizo recordar lugares parecidos en Ámsterdam (Trekkemaan), en Londres (Huge NRG), en Madrid (La paloma), pero sin caer en las burdas imitaciones "a la mexicana", tal vez porque ha surgido y se ha desarrollado durante casi 30 años sin respaldo mediático, por sí mismo, con su público, y en ese sentido es verdaderamente mexicano, aunque no haya mariachi ni cumbias ni lamentos. Para mi sorpresa, me había enamorado del lugar.

Odio

Para beber cerveza primero hay que comprar unas fichas de colores en una taquilla junto a la barra. "Pase a la ventanilla 1", dijo Daniel Espartaco con su humor afilado en el inframundo. Decidimos comprar varias fichas cada vez y mientras hacíamos fila por cuarta ocasión, casi a la una de la mañana, me encontré a María José, una amiga que acababa de llegar y que de inmediato me recetó: "Esto no era así hace ocho meses, ahora parece antrito de Polanco". No le entendí. Pero minutos después, comprendí a qué se refería. De la nada había entrado una horda de gente que se diferenciaba de los asiduos desde el primer vistazo. Junto a ellos había llegado María José. Eran los llamados chicos Condechi que yo tan bien conocía porque viví durante años frente al bar Milán, juniors universitarios con colegiaturas de 10 salarios mínimos al mes y auto del año, que venían de gastarse 300 pesos por una cena en la Condesa y buscaban un lugar donde la cerveza sólo les costara 20. Fachosos, pero no tanto -playera gringa, mezclilla, tenis que parecen baratos-, son un nuevo estrato social. Y, si no, seguro que son una especie de plaga, algo que yo llamaría Plaga PacMan, blandos y sin estamina, pero que van sonrientes devorando todo a su paso. Vándalos que no muestran enojo como los jóvenes de todas las sociedades desde hace 50 años, que no destruyen a patadas sino a simples carterazos.
Allí los teníamos, en el mismísimo Patrick Miller. No llegaban por unidades sino por decenas. Y de pronto todo cambió. La música mutó abruptamente hacia los himnos Condechi que yo había llegado a padecer, como New Year's Day o Losing my Religion, que los PacMan cantaban y coreaban acompañándolos con gritos de uuuuuuuuh a todo pulmón, como si realmente fueran sus himnos. No importaba: podían pagar por ellos. Los lugareños, ahora impávidos, miraban con pasmo la invasión, como 500 años atrás. Jamás imaginé sentir tanto rencor al escuchar Rock the Casbah, y cuando comenzó Should I Stay or Should I Go, me pregunté eso mismo: ¿me quedo o me voy?

Logramos que la dulce Pato dejara de bailar y decidimos irnos. Sólo pensé que el Patrick Miller y su público debían hacer lo mismo que sus bailarines de High Energy: formar un círculo y excluir con fiereza a los invasores.

Escritor y editor